El colibrí mensajero de Atitlán

Dibujado por el pincel de un tiempo azul, enraizado a las manos del cielo y al vientre de la tierra, entre tres volcanes milenarios y sobre un turquesa eternizado, amanecía cada día el lago de Atitlán.

Entre todas las luces posibles, como testigo de antiguas tribus y sociedades mayas yuxtapuestas, el lago guardaba los misterios del tiempo. Por siglos, el lago había permanecido hamaqueado por el vaivén de la materia transparente. Contaban los antiguos que sus aguas cristalinas poseían una especie de encantamiento mágico. Muchas personas llegaban desde muy lejos, peregrinaban buscando en esas aguas de curación y sanación.

Aquellas aguas milenarias habían sido vida, espejo, refugio y aliviado la sed de muchas poblaciones. Durante cientos de años, los pobladores supieron mantener el equilibrio de la vida, del agua y del entorno. Hasta que un día olvidaron cómo cuidar y proteger al lago. 

Desde muy pequeño Martin, niño tzutuhil de San Juan La laguna, iba con su madre al lago para traer agua. Podía distinguir las diferentes tonalidades del agua, y además había nacido con una gran sabiduría: sabía hablar con el agua. Por ello el lago le contó su historia: 

Los pobladores adultos cayeron en una especie de letargo inconsciente en el que tiraban todas las aguas negras en el lago, además los fertilizantes que el gobierno les regalaba, hacía crecer al bicho que le iba quitando vida al lago. Las aguas estaban contaminadas, hacían desaparecer cierta flora y fauna y estaban enfermando a la gente que bebía esa agua. 

La primera infancia de Martin fue junto a su abuelo Tatit Pancho. Tatit Pancho fue en la vida de Martín un compañero e instructor de viaje. Tras beber agua de aquel casi pantano con olor a desagüe, Tatit Pancho volvió a las estrellas. Entonces Martín ya solo podía verlo en sueños. 

A principios de diciembre soñó que Tatit Pancho estaba también triste por sentir en su corazón la agonía del lago. Abrió la ventana con toda su fuerza para dejar entrar la luz y escenario seguido, un desfile de aves escapaba del humo y del hollín. 

Desde entonces el lago herido y en llanto por la inconsciencia de los adultos eran el calendario y cotidianidad de Martín. Aquellas aguas milenarias pidiendo auxilio le recorrían cada pensamiento, cada latido. 

Varias noches junto al sonido del viento rompiendo contra la montaña, y el remo del pescador sobre el lago, lo despertaba  la sensación de que el mundo es totalidad en movimiento y que necesitaba recordar a los adultos cómo volver a instaurar el equilibrio y a escuchar el agua. Cómo contemplar el silencio. Y cómo escuchar los minúsculos susurros del viento. Les necesitaba recordar a los adultos sobre todo que la tierra no les pertenece. 

Años atrás, los titulares de los periódicos habían sido: “Atitlán se muere”. Las imágenes de ese bicho que salió a flote y que subió por las páginas de la prensa seguían habitando el  corazón roto de Martín. 

Mientras Martín sembraba el maíz, escuchó el zumbido de un hermoso colibrí morado y turquesa. El colibrí se posó frente a él un buen rato. Lo vio directamente a los ojos.  

Algo en aquel preciso instante hizo mecer las hojas de los maizales. No sabía si era la luz, las nubes anaranjadas o el sonido sútil de la ola chocando contra la orilla, acariciando al continente, pero algo le puso la piel de gallina. Y fue entonces que tuvo la certeza de lo que el colibrí intentaba decirle: que cuando rompemos el equilibrio con la tierra, todo empieza a desvanecer como dominó. Entonces Martín se sintió resfriado.

Al volver a su casa aquella tarde lo esperaba Nana Panchita, su abuela, con un té de tomillo. Le dijo: “no has dormido bien mijo, estás triste y eso te puede enfermar”. Al día siguiente Martín no fue a sembrar maíz. Se quedó junto a su abuela. Aquella mujer tejedora de manos fuertes y con las mismas grietas de la tierra tejía un huipil para su nieta. Tejer era una especie de meditación. 

Aquel huipil era un viaje en el tiempo de sensaciones, colores y texturas, era como todos los huipiles una explosión de creatividad atemporal. “Un incendio estampado”. 

Incendios estampados en las huipilerías de sedas luminosas. Huipiles. Cada huipil un incendio. Un incendio bordado en los telares de las quemas, donde fácil era inmovilizar un pájaro entre las llamas, pájaros de extraordinarios colores, convertidos en símbolos de plumas imitadas con hilos coloridos. Un instante antes de consumirlos, el fuego mismo los fijaba en los huipiles. Hilo de coser heridas. Hilo de coser sueños. Hilos de no coser nada. Nudos. Manos y pies abstractos, sueltos en el huipil…hilos tribales en la más delirante decoración de un sueño…” (Leyenda de la mujer de ceniza, Miguel Angel Asturias).

Martín le preguntó a su abuela: ¿Nana, en qué pensás mientras tejes? Ella sonrió y respondió en silencio: “Solo al finalizar el huipil pienso en la unidad. En el todo. En que todos los hilos están conectados. En que sin la unión de los hilos no es posible ni el huipil ni la vida”. 

Escuchando a su abuela, Martín comprendió que era solo con la unión y colaboración de todos que el lago podía salvarse. Muchos adultos habían olvidado la importancia de la unidad.

Martín soñó que el lago le hablaba a través del colibrí. Una voz dulce y clara le dijo: “en la gran red de vida, los adultos olvidaron que unos dependen de otros, que somos un todo y una unidad. Muere el lago, morimos nosotros, porque es el lago el que nos da el agua, es decir, la vida. Al sanar y limpiar el cuerpo, sanamos y limpiamos el mundo”.

A partir de ese sueño, a Martin se le ocurrió una idea: fabricar barquitos de papel periódico para pedir auxilio. Reunió a sus amigos del pueblo. Sus primos y los cuates del fut. Todos pasaron muchos días y noches haciendo barquitos de papel que llamaban a la unidad y a la consciencia, a recordar a los adultos lo que habían olvidado. Por varias noches se desvelaron haciendo miles y miles de barquitos para acabar con el desequilibrio que se había instaurado. Colgaron los barquitos por todas las calles del pueblo y luego el pueblo vecino hizo lo mismo y así un efecto dominó. 

El alcalde se sintió conmovido al ver a sus hijos haciendo barquitos de papel y al ver el pueblo lleno de barquitos de papel con la consigna de “auxilio”. Entonces el alcalde fue a hablar con Martín. Martín le dijo lo que había aprendido escuchando al colibrí y con su abuela Nana Panchita, le dijo: “los adultos han olvidado que la tierra no les pertenece y que si se rompe el equilibrio con la tierra, entonces todo se rompe”. Entonces los adultos pidieron perdón a los niños por haber olvidado el importante equilibrio con la tierra. 

Gracias a lo que los niños enseñaron a los adultos comunidades, viajeros, caciques, caxlanes, etc., todos juntos y en consenso lograron idear una forma de recolección de las aguas negras y de reducir la basura para sacar al bicho del lago. 

A principios de diciembre soñó que estaba ahí. Abrió la ventana con toda su fuerza para dejar entrar la primera luz y escenario seguido: quiebracajetes y pascuas sobre un lago espejo turquesa le expresaron el mundo en  equilibrio. 

Los niños volvieron a jugar sobre las calles. El alcalde hizo una escultura de barquito del papel en el centro del pueblo. En la placa de abajo se leía: “los adultos no volveremos a olvidar lo que nos recordaron los niños del pueblo:   que la tierra no nos pertenece y que la debemos cuidar para preservar la vida, por y para las futuras generaciones”. 

Volando su barrilete, Martín sintió en el viento la alegría pura de los niños. El bicho se había ido para siempre de las aguas del lago. El corazón de Martín volvió a ser azul turquesa y alegre transparente, como el lago.