Todo en la selva brillaba con alegría y serenidad. El vuelo del colibrí se mezclaba con el gozo y canto fluido del agua. La delicadeza del vuelo de la garza recordaba la perfección e interconexión entre plantas, aves y peces.  

Los sonidos de miles de cantos de pájaros al amanecer en la transparencia del espacio eran una sinfonía en juego de equilibrio.  

Todo en la selva funcionaba en armonía: cada animal tomaba de ella solo lo necesario para sobrevivir. 

Los humanos de aquel tiempo habían llegado a creer que la vida se trataba de poseer objetos y que la felicidad estaba en esos objetos. 

Muchos adultos habían olvidado lo importante de la vida, habían olvidado lo que saben los niños: ver el mundo desde la magia. Los adultos estaban pegados a las pantallas y también le daban pantallas a los niños. Para los adultos era más importante cuidar su teléfono móvil que cuidar un árbol o que cuidar el agua. Coincidió entonces que llegó a la selva un americano quien estaba convencido que sembrar en la selva palma africana era “progreso” y no destrucción. 

Aquellos sonidos milenarios de mariposas, aves, felinos, cascadas, fueron violentamente perturbados por la sierra. Cayó el chicozapote y el guarumo, la ceiba y el matapalo. El espacio cubierto por la espesura y follaje de la humedad de la selva se convirtió en un sitio baldío. No quedaba nada. Ni un solo animal. Ni una sola planta. La hembra jaguar recién parida estaba triste porque el río de donde bebía agua y se alimentaba había desaparecido. 

Aquel recinto de vida en colores y sonidos, ahora estaba todo cubierto de palma africana. “Generamos empleo” decían los gobernadores. 

A algunos niños del pueblo les encantaba ir a la selva a buscar piedras de obsidiana. Cuando vieron la selva y sus lugares secretos de escondites ya sin árboles se pusieron a llorar. 

Lloraron tanto que al día siguiente, de sus lágrimas crecieron algunas plantas. 

Reunidos los ancianos preguntaron al abuelo fuego qué debían hacer. De las llamas salió una forma de jaguar que les hacía entender que darían un mensaje a uno de los niños del pueblo. 

Lencho, era un niño como todos los niños: amaba a los animales y podía entender lo que decían los gatos de monte y otros felinos. Tenía ocho años y una de sus pasiones era llevar a sus amigos a buscar piedras de obsidiana al bosque. En esas estaba cuando encontró una hembra jaguar agonizante junto a sus dos cachorros dentro de una inmensa gruta. 

Aquella era una cueva sagrada. En tiempos pasados los antiguos Mayas realizan allí sus rituales donde iban a agradecer el milagro de la cosecha y de la salida del sol. 

Con pasos gentiles, Lencho logró acercarse a felina, acarició el lomo del jaguar cansado, entonces una luz iluminó los ojos de aquella jaguar que llamaba por auxilio. Lencho entendió que la hembra le estaba hablando. Le decía que los adultos habían olvidado cómo cuidar el planeta. Y que los niños debían recordar a los mayores que había que declarar la paz a todas las formas de vida; restablecer el vínculo con nuestra madre: la tierra. 

Lencho volvió a su casa. Cuando de pronto todo quedó en un rotundo  silencio, desaparecieron todos los sonidos del universo. La tierra quedó suspendida y como parte de una orquesta el rugido de la madre jaguar hizo temblar la tierra. Cuentan que aquel chillido se escuchó en todo el planeta. Era el rugido de la voz de la tierra pidiendo a gritos a los humanos adultos dejarse de comportar como plaga. Aquel aullido se coló en la piel de cada humano. 

A través de aquel rugido brutal que se quedó retumbando incesantemente en el tímpano de cada humano, los adultos por fin lograron deshacerse de tanta estupidez. 

Por aquellos días Alicia, la Ministra de educación, visitó la escuela donde Lencho estudiaba. Lencho le dijo a Alicia lo que habían aprendido con el rugido de la hembra jaguar. 

Entonces las autoridades empezaron a tomar en cuenta la mirada de los niños. Liderados por Lencho los niños volvieron a sembrar árboles y a cuidar los animales de la zona. 

Mientras el niño Lencho dormía bajo la inmensa vía láctea, soñaba con la hembra jaguar corriendo por una selva espesa y sana. De pronto lo despertó el gran lamido de la jaguarcita. Su mirada estaba de nuevo contenta: los niños hicieron comprender a los adultos que sembrar árboles es prolongar la vida humana y de los animales y que la salud del planeta y la salud humana es una sola. 

Animales y niños unidos rugieron a una sola voz: vibró la tierra entonces en equilibrio. El agua alegre volvió a fluir por las venas de la tierra.